Lemmings sin mascarilla

Ángel Longueira
septiembre 20, 2020

Tirarse de un puente sin protección de ningún tipo es una idea espantosa hasta que tus colegas comienzan a hacerlo. En ese momento, es posible que tú mismo te plantees dar un paso hacia el vacío. No serías el primero que lo hace. Son muchas las personas que se han lanzado a la nada siguiendo el ejemplo de otros. Ha ocurrido millones de veces a lo largo de la historia y, gracias a la pandemia, está ocurriendo de nuevo en nuestro país. Es el riesgo que entraña ser un animal social.

Según Aristóteles, somos animales sociales no porque lo decidamos, sino porque está en nuestra naturaleza. Si el ser humano tratase de vivir aislado moriría o, en el mejor de los casos, se vería abocado a una vida desapacible. La sociedad nos salva del hambre, del frío y de la existencia puramente animal. La sociedad nos humaniza.

Así presentada la cuestión, el carácter social del ser humano parece una cualidad muy ventajosa, y sin ninguna duda lo es, pero eso no significa que no acarree consigo algunos riesgos importantes.

Precisamente porque somos seres sociales, nuestro comportamiento se ve influido constantemente por lo que nuestros congéneres hacen, dicen y piensan, sobre todo en circunstancias de incertidumbre como la actual. Si nuestros iguales se comportan como es debido, es probable que nosotros también lo hagamos, pero si se tiran de un puente, quizá optemos por lanzarnos detrás de ellos.

El fenómeno que nos conduce a actuar igual que los demás se denomina “prueba social” y fue acuñado por el psicólogo Robert Cialdini.

A menudo se recurre a la prueba social para condicionar el comportamiento y las actitudes de la gente. Sucede en la publicidad que destaca que todos los vecinos han optado por contratar una alarma…

…en la política que se apoya en la mayoría ciudadana para defender sus tesis…

…y, en general, en todos los ámbitos de nuestra vida.

El poder de la prueba social es tal que incluso nos puede conducir a pronunciarnos en contra de nuestros propios sentidos.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué nos influyen de semejante manera los comportamientos y las opiniones de los demás?

A menudo sobrestimamos nuestra capacidad para tomar decisiones. Es cierto que somos individuos inteligentes con capacidad crítica -al menos aquellos de nosotros que damos las gracias a los camareros cuando nos atienden-, pero eso no significa que actuemos siempre de manera racional o que podamos hacerlo en cualquier circunstancia.

El propio Cialdini nos indica que la prueba social es un atajo (a menudo muy eficiente) que nos permite tomar decisiones en circunstancias en las que no tenemos tiempo, fuerzas o datos para sopesar las alternativas. Cuando la mayoría de la gente hace algo, cabe pensar que es por una buena razón, por lo que tiene sentido sumarse a la inercia social. Además, actuar como el resto es la manera más sencilla de conseguir su aprobación.

Lo anterior explica que veamos las mismas películas, vayamos a los mismos locales de moda y nos vistamos con los mismos modelitos. Explica, asimismo, que sea muy mala idea insistir sólo en los comportamientos negativos de la gente. 

Durante las últimas semanas, los medios de comunicación han incurrido en este error. Los informativos han decidido demonizar el comportamiento de los jóvenes durante la pandemia, a pesar de que, atendiendo al porcentaje de casos de Covid confirmados, no hay razones para pensar que su conducta esté siendo más negligente que la de los adultos.

La estigmatización de los jóvenes es, además de injusta, contraproducente. Al transmitir la (falsa) prueba social de que los chavales no usan la mascarilla se está fomentando que, de hecho, no la usen. Si un joven cree que la gente de su edad no se cubre la boca cuando corresponde, va a pensar: “¿Por qué voy a ser yo el pringado que actúe diferente?”. 

A esto hay que añadir que la estrategia del miedo que últimamente se ha adoptado desde las instituciones para concienciar acerca de los riesgos de no usar mascarilla es insuficiente en el caso de los adultos e inútil en el caso de los jóvenes. Los anuncios dramáticos quizá sirvan para concienciar a las personas mayores que pueden verse reflejadas en las historias que narran, pero no afectan a los jóvenes que saben que afrontan un riesgo mucho menor de sufrir daños severos.

Por esa razón, es importante que las campañas de concienciación muestren también los comportamientos responsables que sí que se están adoptando para que funcionen como prueba social. Cuantas más personas comprometidas se conozcan, más personas tomarán la decisión de comprometerse. No es algo que sospechemos o que supongamos, es algo que sabemos.

Así, es justo reconocer que Fernando Simón obró correctamente al defender que los influencers se involucren en las campañas de concienciación. Es fundamental que las personas con mayor proyección mediática tengan un comportamiento ejemplar.  

En general, urge que se adopten las medidas necesarias para enmendar los problemas comunicativos que se están produciendo. Hay que advertir de los riesgos que supone el virus e informar de las tragedias que sobrevengan, pero también se debe mostrar y reivindicar el comportamiento responsable de la gente; sobre todo, de la gente joven. Sólo de este modo, evitaremos convertirnos en un montón de lemmings sin mascarilla caminando en fila hacia el abismo.

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