Fetiches, útiles y rituales

Ángel Longueira
febrero 9, 2021

Los unboxings de campanas extractoras son un fracaso. El vídeo más concurrido del género en YouTube ha sido reproducido (en el momento de escribir este texto) menos de 9.000 veces.

Los unboxings de videoconsolas sí que son exitosos. En el período de su lanzamiento, es fácil que reciban decenas de miles de visitas.

¿A qué se debe esta diferencia? ¿Por qué el desempaquetado de un producto apenas despierta ningún interés, pero el de otro suscita semejante curiosidad?

El diseño del embalaje no explica el asunto. Es posible que los paquetes de videoconsolas sean, en general, más premium, pero lo cierto es que la mayor parte de nosotros no vería el unboxing de un electrodoméstico de cocina fuera cual fuera su empaquetado.

Tampoco el aspecto estético de los productos ofrece ninguna respuesta. La Xbox Series X es una consola sobria cuyo cometido es pasar desapercibida en el mueble del salón.

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La PlayStation 5, en cambio, parece diseñada por un Calatrava enajenado.

Imagen

A poco que naveguemos por internet podemos encontrar campanas extractoras mucho más elegantes.

Entonces, ¿la diferencia de interés se debe al contacto cotidiano que tenemos con los productos? Parece que no. La digitalización del mercado de los videojuegos ha hecho que reduzcamos las interacciones físicas con las videoconsolas. Alguien que cocine con frecuencia palpará más veces su campana extractora que su plataforma de juegos.

La respuesta a las preguntas viene por otro camino. Por alguna razón (que no intentaré desentrañar aquí), las videoconsolas son fetiches, o sea, productos por los que sentimos genuina devoción. Nos atraen, conmueven y emocionan hasta tal punto que incluso forman parte de nuestras identidades. Lo mismo sucede, por ejemplo, con los teléfonos móviles.

La gente es de Sony, Microsoft o Nintendo, de Apple o de Android, pero no hay ni una sola persona en este planeta que sea tan yonqui de las campanas extractoras como para incorporarlas a la definición de su identidad.

Nadie, absolutamente nadie, es de Bosch o de Balay.

(Si me equivoco y hay alguna persona que lo sea, quiero dirigirme a ella un momento: tu vida debe de ser TREPIDANTE).

(Trepidante, maldita sea).

Así, la relación que mantenemos con las campanas extractoras y, en general, con los electrodomésticos es más racional y distante que la que mantenemos con la tecnología. Los electrodomésticos no son fetiches, sino útiles, herramientas que empleamos para resolver problemas del día a día y punto.

Esto responde a nuestras dudas iniciales. Disfrutamos del componente pornográfico que tienen los unboxings de videoconsolas porque veneramos esos productos. De las campanas extractoras lo único que esperamos es que funcionen.

Lo anterior también explica que sintamos un placer extraordinario al desvestir la pantalla de nuestro teléfono móvil retirando el plastiquito que la protege y que no sintamos absolutamente nada al operar con un electrodoméstico recién comprado.

Como no podía ser de otra manera, todo esto tiene un impacto muy notable en la publicidad. Los fetiches admiten, por razones obvias, un tratamiento muy emocional, pero los útiles, no. O, al menos, no de manera directa. Indirectamente, pueden abordarse de manera emotiva apelando a los rituales en los que participan.

Las campanas, las neveras y los hornos no emocionan, pero los rituales de la gastronomía sí. 

Creo que la publicidad ha explorado poco esta vía y que, sin embargo, constituye una oportunidad muy interesante. Sería chulo que alguien lograse dar con la tecla para explotarla.

Al fin y al cabo, si Ikea logró emocionarnos con muebles suecos de nombres impronunciables, nada impide que algún día nos emocionemos incluso con las campanas extractoras.

 

 

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